El reloj y el moribundo

Carlos observaba a su padre desde los pies de la cama intentando disimular sus lágrimas. Las recientes palabras del médico aún resonaban en su cabeza como un veredicto fatal irreversible.

-“Está yéndose y no puedo hacer nada más por él, sólo queda esperar a que el cuerpo haga su proceso natural. Debería avisar al sacerdote”, martilleaban las palabras del médico en su cabeza. Paralizado por la fatal perspectiva, sólo había conseguido decidir que no avisaría a ningún cura por respeto a su padre, que siempre se había declarado agnóstico.

La respiración de su progenitor era cada vez más ronca y aunque no albergaba ninguna esperanza de recuperación, Carlos no quería que su padre muriera notando el peso del silencio e intentaba distraerle con conversaciones triviales. Quizás le hablaba de banalidades para poner sonido a esos espesos silencios que preceden al tránsito. Se fijó en el reloj que llevaba el padre y le preguntó:

-¿Quién te regaló este reloj, papá? Siempre te he visto llevar el mismo…

-Este reloj me lo regaló tu abuelo y tiene más de 120 años. Te lo iba a regalar para que tuvieras algún recuerdo de mí porque, aunque disimules, hijo mío, sé que me muero pero necesito que lo vendas para pagar al médico. Llama al relojero ahora y me dices cuánto nos ofrece.

Carlos le dijo que no se preocupara, que se recuperaría y que él pagaría al doctor. Pero su padre insistió en que lo hiciera ahora. No entendía cómo su progenitor estaba de ánimos para llamar al relojero y pagar al médico pero no quiso contrariarle y sacó marcó el número de la relojería.

-Padre, el relojero me ha ofrecido 200 euros porque dice que es muy viejo, lo has llevado toda tu vida y también tu padre. Dice que este reloj lo hizo el suyo por encargo del tuyo…fíjate, ¡qué casualidad!

El padre sonrió y con tanta calma como si tuviera todo el tiempo del mundo le dijo que llamara a la casa de empeños, que les recordara que él lo llevó y que cuánto le ofrecían.

-Ha sido aún peor que el relojero, padre. Sólo me ha ofrecido diez euros porque dice que a la gente no le interesan cosas tan viejas.

Sin inmutarse, el padre de Carlos sacó una tarjeta de visita arrugada que guardaba en el cajón de la mesita de noche y le dijo que llamara al anticuario y le recordara que era el reloj que él le había llevado para tasar. Al colgar, Carlos mostraba una leve sonrisa.

-Ha habido suerte, el anticuario nos ofrece 750 euros por él. Dice que es una pieza que quiere incluir en su colección porque ya no hay relojes como éste. Pide que si tú aceptas vendérselo, lo llame ahora y viene a buscarlo sin tardanza, con el dinero.

El padre sonrió como si nada le sorprendiera, lo cual hizo sospechar a Carlos. Le extrañó que el padre ya supiera qué ofrecía cada uno y no lo hubiera vendido cuando les consultó. Tenía la tarjeta de visita del anticuario guardada a mano…Y le preguntó porqué había esperado a hacerlo en ese momento.

-Quería, hijo, que supieras que siempre hay un lugar correcto donde te valorarán de la manera correcta. Si de repente te encuentras en un lugar donde no te valoren, no te molestes. Cambia de lugar y rodéate de los que sí te dan el valor que mereces. Nunca te quedes donde no te aprecien.

El padre le entregó el reloj, le dió un abrazo y, en brazos de Carlos, exhaló su último suspiro.

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